Hay historias que no se explican desde un solo momento, sino desde todo lo que se fue acumulando sin hacer ruido.
En el caso de la diputada local del PRI, Armida Serrato Flores, esa historia comienza mucho antes del Congreso, incluso antes de entender lo que significaba perder.
Tenía cuatro años cuando su padre murió. En casa quedaron siete hijos —cinco mujeres y dos hombres— y una madre de 37 años enfrentando, sin manual, una vida completamente distinta.
El hermano mayor apenas tenía 14; la menor, tres meses de nacida. No hubo tiempo para procesar del todo. Para los adultos, fue duelo; para los niños, desconcierto.
Lo que sí quedó claro fue otra cosa: de algún modo, siempre alcanzaba.
“¿Cómo le hiciste?”, le preguntó años después a su madre. La respuesta nunca fue precisa. “No sé”, le dijo. Y justo ahí, en esa falta de explicación, Serrato encontró una idea que la ha acompañado: hay personas que resuelven sin saber cómo, simplemente porque no hay otra opción.
Esa figura —la de hacer mucho con poco, sin detenerse— es la que ella misma retoma para definirse.
Hoy, su día comienza antes de que amanezca. A las 5:40 de la mañana ya está en pie. Prepara el lonche de su hija, de siete años, organiza la casa, cocina, limpia. No hay chofer, ni asistencia doméstica. Maneja, lleva y recoge a su hija de la escuela, y en medio de ese trayecto encaja su otra jornada: la política.
A las 8:30 ya está en el Congreso. Es, según quienes trabajan ahí, de las primeras en llegar. Antes de las 9 de la mañana ya resolvió pendientes, respondió mensajes, avanzó agenda. Las sesiones arrancan a las 11, pero para entonces su día ya va adelantado.
No espera tiempos muertos. Si no está en el Pleno, está en la oficina. Si no está en la oficina, está atendiendo gestiones. Y si el tiempo se abre, lo ocupa.
El sábado cambia el ritmo, pero no se detiene: toca lavar, limpiar, ordenar. El domingo, en teoría, es descanso. Aunque incluso ahí hay una constante: el supermercado.
Ir al súper no es una rutina más. Es, para ella, un recordatorio. De niña, lo básico alcanzaba: huevo, tortilla, pan, alguna verdura. El pollo, los sábados. Su madre vivía de una pensión mensual, y había días específicos en los que ir significaba, incluso, poder elegir un pequeño gusto.
Hoy, recorrer los pasillos de HEB tiene otro peso. No se trata de gastar de más, sino de poder decidir. Comprar uvas o cualquier artículo que se ocupe, que se desee, sin miramientos al precio. Decir sí a algo que antes no estaba. Para Serrato, ese gesto cotidiano sigue teniendo carga emocional.
Llegó al Congreso hace 25 años, como prestadora de servicio social a los 18. Desde entonces, ocupó distintos cargos técnicos: secretaria, subdirectora, directora del Centro de Estudios Legislativos. También conoció la derrota electoral antes de ganar un espacio.
Cuando tuvo a su hija en 2018, trabajaba en el municipio de Guadalupe. Su intención era quedarse ahí. Volver al Congreso no estaba en sus planes: lo consideraba absorbente, demandante, incompatible con la maternidad en ese momento.
Pero la política, como su rutina diaria, no suele acomodarse a planes ideales.
Le propusieron regresar. Primero dijo que no. Luego puso una condición: no volvería a empezar desde abajo. Si regresaba, sería para ocupar un cargo que no había tenido. Lo dijo directo: quería ser Oficial Mayor del Congreso.
No era una posición sencilla. Dependía de acuerdos políticos, de mayorías, de tiempos. Aun así, la pidió. Y la trabajó.Pasó más de un año. No insistió con palabras, pero sí con hechos. Construyó relaciones, generó confianza entre coordinadores de distintos grupos legislativos. Hasta que llegó el momento.
Fue nombrada en plena pandemia, en junio de 2020. Sin público, con cubrebocas, con el Congreso cerrado. Un logro que no tuvo celebración inmediata. Cuatro años después, dejó el cargo. Dos semanas más tarde, rindió protesta como diputada local.
Un objetivo que había trazado desde los 18 años finalmente se concretaba.
Ya en funciones, definió una agenda clara: la protección de la niñez. De ahí surgió una de sus principales reformas: eliminar la prescripción en delitos sexuales contra menores en Nuevo León.
Antes, después de cinco años, esos delitos ya no podían perseguirse legalmente. Hoy, cualquier persona que haya sido víctima en su infancia puede denunciar, sin importar el tiempo transcurrido, y la autoridad está obligada a investigar.
Para Serrato Flores, ese cambio no es discurso. Es la posibilidad de que casos que antes quedaban impunes ahora tengan seguimiento.
En lo social, su trabajo ha tomado otro rumbo: convertirse en un canal. Personas con discapacidad, familias sin acceso a medicamentos, ciudadanos con apoyos detenidos. No siempre puede resolver directamente, pero sí gestionar, tocar puertas, dar seguimiento.No habla de soluciones absolutas. Habla de avances.
Hoy, Serrato Flores no se plantea salir del servicio público. Al contrario. Tiene claro hacia dónde quiere ir: el Senado de la República y, eventualmente, una Secretaría de Estado.
No pone fecha. Pero sí rutina.
Porque si algo ha marcado su trayectoria no es un momento en específico, sino la repetición constante de hacer, resolver y avanzar, incluso cuando no hay claridad total de cómo.